¿Qué sabemos de las prisiones?
"No sabíamos, por ejemplo, que en las prisiones de España hay internos octogenarios y nonagenarios, que muy probablemente mueran allí, olvidados por la sociedad de los que, presuntamente, somos buenos y decentes, como pájaros con las remeras deshilachadas e inútiles. Tampoco sabíamos que nuestras prisiones carecen de médicos, bien porque no se les gratifica con un salario digno, ni se les asigna médico como cualquiera otra institución pública".
https://www.elimparcial.es/noticia/292939/opinion/que-sabemos-de-las-prisiones.html
La Asociación Cultural Tertulia XV, sita en Manzanares, unión de buenos amigos de inquietudes humanistas y nobles sentimientos, con una ya larga y prestigiosa tradición de presentaciones de grandes conferencias y ponencias de temas casi siempre flagrantes y comprometidos con el bien, introdujo en su preciosa sede de gran bodega manchega, el pasado día del 14 de enero, a la catedrática de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha, doña Cristina Rodríguez Yagüe, una joven jurista de ojos glaucos, de sinople hidalguía, que nos conmovió con una conferencia titulada “¿Qué sabemos de las prisiones?”. El título, desde luego, era oportuno, porque no sabíamos, por ejemplo, que en las prisiones de España hay internos octogenarios y nonagenarios, que muy probablemente mueran allí, olvidados por la sociedad de los que, presuntamente, somos buenos y decentes, como pájaros con las remeras deshilachadas e inútiles. Tampoco sabíamos que nuestras prisiones carecen de médicos, bien porque no se les gratifica con un salario digno, ni se les asigna médico como cualquiera otra institución pública. Es verdad que a los delincuentes, a todos aquellos que hacen daño a sus semejantes desde los múltiples rostros que tiene la maldad humana, hay que castigarlos con la cárcel - el viejo Demócrito era aún más expeditivo que Bukele y proponía la eliminación sin más de todo aquél “que venga” a perturbar la paz y el bienestar de la comunidad -, y privarlos así del derecho natural de la libertad. Ahora bien, las penas que los condenados reciben, de acuerdo con la ley, se deben reducir a eso, a la privación del don de la libertad durante un período y a una vida austera en comunidad con otros condenados. Otros tipos de castigos no se pueden inferir, y si ocurre son hechos criminales y contraventores de los Derechos Humanos.
Cristina Rodríguez Yagüe
No se nos puede olvidar a nadie que cualquiera puede acabar en la cárcel simplemente por un error de circulación, con daño físico, por una mala tentación en un momento de debilidad, por una calumnia bien tramada y por otros sucesos de la vida en que el agente del mal ha podido también ser víctima. Esto es, cualquiera puede acabar en las mazmorras públicas, y es interés de todos que en esos lugares de dolor donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación, que diría Cervantes, nuestro preso más ilustre, se respeten los Derechos Humanos, los derechos constitucionales que amparan al preso, y sean vistos los encarcelados, a pesar del daño que hayan llevado a cabo, como seres humanos, sensu stricto, de la misma raza a la que pertenecemos los santos varones que estamos fuera.
Por otro lado, el Artículo 25.2 de nuestra Constitución dice taxativamente: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados”. Id est, las penas privativas de libertad constituyen ante todo un estricto “castigo”, etimológicamente hablando. Efectivamente, el vocablo “castigo” viene del latín “castigamentum”, que vendría a significar “llevar de nuevo a lo puro ( castus ) a través del dolor”. No existe castigo sin reinserción social. Sería una monstruosidad etimológica.
Sin libertad, encerrados, los internos en las cárceles viven en continuo peligro; están por completo al arbitrio de los funcionarios de prisiones, personas que deben estar muy bien seleccionadas y bien pagadas, pues que de su humanidad, equilibrio e inteligencia depende el éxito del castigo.
Uno de los edificios de la cárcel de Herrera de la Mancha. / Google fotos.La época de la mal llamada Transición democrática – porque nunca llegó a forjar una Democracia – tuvo una notable sensibilidad para con el respeto de los derechos humanos en las cárceles de España – la legislación penal de la época lo demuestra -, en cuanto que muchos que habían combatido por la libertad y participado en aquel consenso contra naturam habían sufrido largas condenas de cárcel durante el franquismo. Pero aquella sensibilidad humanista y humanitaria hace ya años que ha desaparecido de las sociedad española. Al contrario, se ha establecido la prisión perpetua revisable, y se han subido las penas de cárcel en casi todos sus tipos. De ahí que se puedan convertir nuestras prisiones en Residencias de la Tercera Edad. Ello explica también que en veinte años se haya duplicado la población de los que viven tras las rejas. Vivimos hoy una sociedad más vengativa y cerrada, más bien amurallada, que la de nuestros padres. Hay incluso sectores sociales que aplauden las cárceles infierno de Bukele, en donde el alma humana y su dignidad se degradan a la del alma animal. Al menos los animales no sufren la indignidad. Las sociedades bukelianas piensan que si a los criminales se les encierra en un espantoso infierno para siempre se conjura al crimen en las calles. No es verdad. Los antiguos, los pampálaioi, los griegos y también romanos, entendían que el criminal, lo mismo que la ciudad, se había contaminado por el mal en sí. Y que ese miasma moral que había cometido el crimen, seguía manchando las paredes de las casas y las murallas de la ciudad, aunque el criminal ya estuviese en manos de la justicia, y era necesario que los sacerdotes u otras autoridades lavasen con agua lustral, simbólicamente, la entera ciudad, dando una vuelta al pomerio. Tenían clara conciencia de que el criminal no había caído de la luna, sino que era hijo de la ciudad, fruto y parte de ella, y había que limpiar a ésta de la nauseabunda mancha que había ensuciado el alma y el corazón del ciudadano criminal. Porque los que están en la cárcel, todos ellos, “son de los nuestros”, compatriotas y vecinos.
A lo largo de mi vida he conocido a dos malvados, sensu stricto, dos perfectos hijos de puta, irreductibles a cualquier comportamiento mínimamente bueno y no criminal. Y me di cuenta de que ambos jóvenes soportaban una enfermedad mental o del alma. Quizás un día la psiquiatría intervencionista pueda ahorrar al erario público plazas de presos. La responsabilidad moral, tan bellamente expuesta por filósofos moralistas como Isaiah Berlin, es, sin duda, una característica humana, como andar o ver, pero que no todos los humanos la tienen, desgraciadamente, del mismo modo que hay cojos y ciegos.
Por lo demás, los mejores hombres ( Jesús – que también es Dios -, Sócrates, Platón, Boecio, Cervantes, San Pablo, San Pedro, Charles d´Orléans, François Villon, Clément Marot, Théophile de Viau, André Chénier, Paul Verlaine, Guillaume Apollinaire, Jean Cassou, Bejamin Fondane, Jean Cayrol, Robert Desnos, Max Jacob, Robert Brasillach, Charles Maurras, Jean Genet, Oscar Wilde, Dostoyévski, Miguel Hernández, Pepe Hierro, Buero Vallejo, y mil más ) han ennoblecido para siempre, con su intensa humanidad, las cárceles. Incluso las más oscuras.
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