"El síndrome del niño hiperregalado, el precio invisible de la abundancia de regalos".

 "La Neuropsicología alerta de que el exceso de juguetes reduce la tolerancia a la frustración y compromete el aprendizaje y la adaptación social de los niños".

Así es el titular de un articulo aparecido hoy, 5 de enero de 2026, firmado por la periodista Mar Muñoz y publicado en el Diario La Razón.

La mañana de Reyes amanece con un clima diferente al de cualquier otro día. Apenas despuntan los primeros rayos de luz, los más pequeños de la casa despiertan con la certeza de que algo extraordinario ha ocurrido mientras dormían. Así, sin tiempo para ponerse siquiera los calcetines, corren hacia el salón conteniendo la respiración y con la emoción de hallar esos ansiados regalos que solicitaron en sus cartas a los Reyes Magos. Y allí, a ambos lados del árbol, descubren una montaña de paquetes. Los papeles se rasgan deprisa, los juguetes se amontonan en el suelo y, casi sin darse cuenta, la sorpresa, la ilusión y el interés empiezan a diluirse.

Esa estampa, en la que el exceso se convierte casi en norma, se repite en muchos hogares. Y podría considerarse como un acto de amor, reconocimiento o gratitud hacia los pequeños de la casa. Sin embargo, la realidad es muy diferente. Expertos en neuropsicología alertan de que el exceso de regalos es el causante de un fenómeno neurobiológico cada vez más estudiado y que termina anulando la capacidad de disfrute del niño. Algunos lo denominan “la anestesia del deseo”.


“El deseo es un motor de la conducta que nos lleva a querer algo, pero también implica poder esperar, imaginar y dar valor a lo que aún no se tiene”, explica María José García-Rubio, docente del Grado de Psicología y del Máster Universitario en Neuropsicología Clínica de la Universidad Internacional de Valencia (VIU).

En los humamos, el deseo comienza a desarrollarse desde las primeras etapas de la infancia, pero se consolida progresivamente a medida que el niño experimenta la espera, la frustración y la no inmediatez. Es decir, el desarrollo del deseo está estrechamente ligado a la maduración emocional y a la experiencia repetida de demora en la gratificación. Es precisamente en estos momentos cuando el deseo se estructura como una capacidad psicológica. “Aprender que no todo se obtiene al instante permite que la anticipación y la motivación se organicen de forma saludable”, sostiene García-Rubio.

Así, cuando un deseo se satisface tras un proceso de espera y esfuerzo, suele generar emociones complejas y adaptativas como la alegría, el orgullo, la satisfacción y el sentimiento de logro. Puede ocurrir también que, tras esa espera y pese a haber dedicado grandes esfuerzos, el deseo no se cumpla. En este caso, emergen emociones como la frustración, la tristeza o el enfado. Pero estas emociones no son negativas en sí mismas. “Desde una perspectiva psicológica, cumplen una función esencial en el aprendizaje emocional, ya que permiten desarrollar tolerancia a la frustración, autorregulación y flexibilidad cognitiva”, indica la experta.

A nivel cerebral, la recepción de un regalo produce que se active de forma inmediata el sistema de recompensa, un circuito íntimamente ligado a la motivación, la anticipación y el aprendizaje. Tal y como explica María José García-Rubio, ese instante de sorpresa y alegría tiene una traducción neurobiológica muy concreta: “Se produce un pico dopaminérgico intenso”. Y la dopamina, conocida como el neurotransmisor del deseo y la motivación, no solo genera placer, sino que refuerza la conducta y fija la experiencia como valiosa.

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